Hay muchas maneras de acercarse a la cultura japonesa. Una de ellas es la mirada de Luís Fróis, quien, en el siglo XVI, describió Japón como un espejo que invertía las costumbres europeas. En su Tratado sobre las contradicciones y diferencias de costumbres entre los europeos y japoneses, escribió: «Nuestras iglesias son largas y estrechas; los templos de Japón son anchos y cortos». Lo mismo observaba en las maneras de comer, de vestir, de jugar o de comprender la religión.
Desde entonces, una pléyade de extranjeros ha intentado mostrar el Japón que contempla: desde Rudyard Kipling, Pierre Loti, Gómez Carrillo, Blasco Ibáñez, etc. Hasta quienes hoy escriben sobre sus experiencias y encuentros culturales. Algunos incluso consideran que una estancia de uno o diez años basta para convertirlos en expertos capaces de explicar el país. Pero, en el fondo, todos cuentan el Japón que logran digerir, quizás pensar y, pocas veces, comprender desde la mirada del otro.
El escritor inexistente de Kagoshima juega con una idea diferente. No pretende mostrar el Japón que tantos esperan encontrar: una sociedad de sorpresas, una cultura suspendida entre lo feudal y lo moderno. Prefiere seguir a un personaje escéptico dentro de un archipiélago de doctrinas.
Satoshi se vuelve escéptico a medida que las certezas y convenciones que la sociedad le exige aceptar dejan de responder al conocimiento del mundo que va elaborando. La poesía, los idiomas y las contradicciones de quienes lo rodean le revelan otras maneras de comprender la existencia, pero también la imposibilidad de reconciliar fácilmente esas miradas.
Satoshi no cuenta su vida de una generación a otra, sino de una mirada cultural a otra. Su existencia transcurre entre paradojas, desaciertos e incertidumbres que lo conducen progresivamente a distintos estados de ánimo, entre ellos la ansiedad, la depresión y la abulia. Cada descubrimiento parece abrir una posibilidad de comprensión, pero también deshacer alguna certeza anterior.
Porque un escéptico no necesita afirmar que las creencias de los demás son falsas. Le basta con resistirse a aceptarlas como verdades definitivas. Y tal vez ese sea el costo de su escepticismo: comprender que el peligro de una verdad no siempre está en la mentira que la contradice, sino en las ilusiones que construimos a su alrededor y sobre las cuales depositamos nuestras esperanzas.
Esta obra se adquiere en Amazon. https://www.amazon.com/-/e/B0C55GKWSP

No hay comentarios:
Publicar un comentario